1. En general intento que las entradas de mi blog tengan algún interés. ¿Cuál?: alguno. Si no lo he logrado es porque soy un imbécil, no hay otra explicación. Pero sobre esta entrada específicamente, prevengo a mis tres lectores de que es una de las pocas, espero poquísimas, donde toco temas que acaso tangencialmente tienen que ver con la poesía, el arte, o esas cosas harto interesantes de la vida; aunque su trasfondo último este permeado por éstas. Tímido como soy, escribo este 1. a manera de prevenir acerca de los fantasmas de la autoexposición: esta entrada es una clarificación de intenciones con valor, si tal, para mi mismo y no una propuesta o programa sobre ningún blog o en general sobre la “experiencia blogger”. Lo que viene trata sobre una exégesis medio pendeja sobre el nombre de mi blog; y también es una sustitución de un correo masivo sobre mis paraderos por aquello de que perdí varias direcciones de e-mail; con un fin de economía en todo caso: no repetir la misma historia muchas veces. Así que mis pocos, aún, amigos, podrán darse por enterados del por qué no contesto el teléfono hace rato y seguro no he respondido mails tampoco.
Si pongo aquí estas cosas, es para pensar en voz alta alrededor de mi (esa sobrevalorada) experiencia personal con relación a esta forma de discurso efímero, medio anónimo y a fin de cuentas subjetivo como muchos, el blog, que elegí tal vez para compartir algo, tal vez como recurso de autopromoción, tal vez para reafirmar una forma de necedad, tal vez para perseverar en un viejo concepto de hospitalidad entendido como la mayor fraternidad entre desconocidos casuales sobre un mendrugo de pan, o sobre una idea común, que en este contexto nuestro de competencia y canibalismo intelectual queda casi obsoleto (qué oración más larga y cacofónica, joder). En este sentido, intento que mis entradas sean “hospitalarias”. Bueno: específicamente esta no lo es ni pretende serlo. Si quieres hay algunos links a la izquierda con contenido mucho más interesante. Si te he persuadido para que emigres, 1. ha cumplido su misión. Si no, qué remedio, el espíritu democrático de internet no te salvará de algún aburrimiento en los siguientes puntos.
2. Me disculpo primero con mis tres únicos pero fervientes lectores por la ausencia de estos días. Ahora no estoy más en Querétaro y soy un anónimo con plenos derechos de ciudadanía en mi lugar de nacimiento, la oximorónica (perdónese el barbarismo del adjetivo, pero aquí sólo se entienden las cosas por sus evidencias más contradictorias, así se trate de sutilezas) Cd. de México, donde espero fervientemente, con ojitos de Rémy en el paroxismo de la esperanza, sacar muy muy buenas calificaciones en la FFyL de la UNAM, que dice que no hay bronca en tenerme por ahí los próximos años. Será que hubo un error, pero para el caso ahora se friegan.
2b. Para reiniciar contacto con los desaparecidos, ahí está mi mail: raya.ja@gmail.com; eso por lo pronto, porque toda localización geográfica está en veremos, igual con el fon, pero dense por enterados de que ando por acá en la capital.
3. Sobre el nombre de este blog: Saldos.
Vaya. Qué genio el mío, me cae. ¿Por qué no escogí un nombre cool, acá, más posmo y radical, como “Chicles de guanábana”, “Lo que no dijo Lynch”, “No soy nadie”, no sé, algo que le quitara ese pretendido aire de reflexión sesuda, esa severidad que no sé barrerme de encima.
Me agarré del nombrecito a partir de una serie de relaciones y asuntos que marcaron el final de una etapa vital desde mediados del 2007 y que continúan arrojando lo que parecen ser números rojos de pérdidas y desbalances (parece que el universo contextual de la palabra Saldos se termina en la metáfora financiera por donde se le vea, o será que no tengo imaginación para iluminar relaciones más interesantes.) En ese sentido, “Saldos e imprecaciones” remite a una fórmula anodina de grito de guerra: ¿contra qué? Parece ser lo de menos. Tiene además un caracter de exclusión –infiero aquí la antípoda de mi blog anterior, “La casa invisible”, que salió del aire virtual por motivos que no son de competencia más que del pasado–, como si hubiera que atenerse a mis desplantes o algo así. Eso nunca me ha gustado del nombre.
Como se sabe, un saldo es lo que queda en algún tipo de proceso o depuración; propone una lectura financiera, estadística se diría, sobre la cosa. Remite al momento último de una serie de eventos/intercambios comerciales/ideas en donde se presume es posible obtener una experiencia final del conjunto o un balance entre lo invertido y lo recibido. Como modelo de tiempo implicaría una vista retrospectiva, una especie de actualización de la experiencia (esta definición me seduce, pero ¿no es más atractivo el presente en el momento de la reconstrucción de la experiencia, el momentum de la escritura del que habla Kerouac?) También es lo que queda de entre un conjunto de cosas que se han quedado fuera de categorización, o como sobras de alguna operación: piénsese en las maravillosas ventas de saldos en las librerías, que rebajan títulos apenas a un porcentaje mínimo de su primer valor comercial; o lo sobrante en esas otras ventas de “fin de temporada” (dice Baudrillard, no hay primavera en oposición a invierno, el hombre establece la diferencia para hacer como que entiende algo que no habría por qué entender: esto es: agredir. La eficacia de la moda como institución social radica en su capacidad para generar un correlato de duración de la vida aboliendo el mero transcurrir mediante la sobresignificación de una periodicidad tan arbitraria como las estaciones, en estos días del calentamiento global, donde, ay, ni de eso podemos fiarnos… Fenómeno visible en los grandes almacenes comerciales: ceremonia orgiástica donde lo que no fue consumido debe ser sacrificado mediante la estrategia del remate, la desvalorización relativa del objeto de consumo con respecto a sus proyecciones iniciales, fallidas si ha de recurrirse a tal operación.) Cualquiera de estas definiciones parciales, en todo caso, va contra ese como peregrinaje de la crítica de arte (que es más o menos una de las improntas de este blog) a partir del modernismo y de las vanguardias históricas (no así, en conjunto, pero algo hay) de atravesar la obra a partir de los medios mismos sobre los que se asienta su elaboración, a saber, las pistas, manchones de sangre o pintura o tinta como evidencia perenne de su tránsito: dialéctica de la ocultación-exposición de la entraña, proceso y no resultado, “[creación de] un pensamiento nuevo para ese objeto” (Duchamp sobre el ready-made “La fuente”, Galería de Filadelfia); aceptación de la cuota de misterio del mundo como disparador de conciencia; humilde acuse de ignorancia: ¿cómo, entonces, carajos arrojar un saldo último sobre cualquier cosa, más sobre una obra de arte, ya desde la crítica, ya desde la creación, finalizarla, decir que se ha finalizado?, ¿cómo asentar la terminación de un proceso vital? ¿Qué todo estadio de escritura no es, como dice Valéry, el abandono en un periodo arbitrario de un quehacer idealmente infinito? ¿Qué autoridad se precisaría para determinar el “saldo” final de una cosa? Obtener un saldo es siempre accionar una guillotina.
4. Todos los indicios apuntan a una reformulación, a una reinvención de las intenciones de este ¿espacio, formato, capricho?, que grita por un nombre diferente. Por un renacimiento, con todo e implicación cursi del término.
5. Pero vamos a ver. Los blogs, como toqué aquí, son una forma ingenua de pensar que el otro nos escucha entre el gentío; una forma de ingenuidad y gratuidad que nada compensa, al igual que nada compensa las intenciones extrañas de seguir haciendo arte o seguir perpetuando la sobrevivencia del hombre como especie. Estas instituciones (arte, hombre) se sustentan en ideales cuya vigencia es de lo más divertido poner en duda, pero que al final no dejan nada: no arrojan saldos, es decir, certezas. Se parte para vivir de un principio de incertidumbre (como en la física atómica sobre el comportamiento de las partículas), de una insufrible condición de orfandad vital. ¿Pero habría que pedir una validacion o aprobación sobre cualquier cosa? ¿A quién? El principio de inercia natural (eso que se conoce como instinto) rige soberanamente sobre cualquier empeño, desarticulando toda probabilidad de sentido a nivel intelectual, racional: no hay por qué para la cosa. A fin de cuentas todo esto se va a ir al carajo. El sol se lo va a tragar todo uno de estos días y no lo veremos porque moriremos como está previsto desde siempre en nuestra condición finita, en nuestra porción mortal, y lo que hagamos es intrascendente como sea. Las pirámides de Gizeh son intrasendentes. Los poemas homéricos, intrascendentes. Los sacrificios, las metafísicas, las depuraciones raciales, el amor, todo intrascendente. Lo dicen mejor Schopenhauer o Rimbaud, pero ambos, según sus leyendas, se desdicen al final, en el momento supremo, embargados tal vez por una suerte de esperanza fatal, trágica, de que el final no tiene final, esperando la segunda parte de su íntimo relato (no sé si pasara lo mismo con Sartre, pero sería maravilloso.)
6. “Saldo” sería entonces, certeza.
Buscar certezas es un afán antes que científico por lo riguroso, humano, en lo más general e inclusivo de la palabra. El sentido de lo religioso, según la Zambrano, está en establecer los términos de una relación entre lo divino inefable y lo humano. El afán científico parte de la conquista pragmática del hombre sobre lo que lo rodea. El primero afirma la posibilidad de unión con lo divino mediante el método de la fe, esa antítesis del conocimiento, esa como grata negación epistemológica. El segundo afirma que conocer el mundo es posible, y más: necesario; lo que no puede plantearse a través del método de verificación experimental, no existe: en estos términos, la física moderna no ha logrado resolver no ya el problema de dios, sino ese otro tan pedestre y tan enigmático de la turbulencia: abran la llave del lavabo y ese movimiento que ven sobre la pileta es inexpresable, en estos momentos, matemáticamente. Paradójicamente, lo religioso arroja saldos en forma de dogmas (es decir, certezas hermenéuticas, por ejemplo, sobre las escrituras sagradas –pienso en el cristianismo básicamente, o, al introducir nuevas potencialidades interpretativas desplaza (fractal) el saldo hacia una especificidad diferente –piénsese en las variaciones sobre el tema crístico a partir de la Reforma luterana que resultan en la profusión de credos surgidos del cristianismo para hacerle a un grupo su cristianismo à portér: mormones, protestantes, anglicanos, luteranos, anabaptistas, testigos de Jehová, etc.; y lo científico no llega a lo cierto jamás: los modelos atómicos que enseñan en la escuela, me decía hace poco un químico, son abstracciones absurdas, bidimensionales, de algo cuya forma apenas se infiere mediante harto complicados cálculos de computadora: algunos elementos de la tabla periódica han tenido (puesto que han sido obtenidos sintéticamente, en laboratorio) una existencia apenas de unos segundos por su inestabilidad molecular: una forma de materia que tiene la duración de la belleza cuando ocurre, cuerpos ínfimos que duran lo que la extrañeza terrible de la revelación poética, y que como el poema dejan solamente su traza de signos para seguirles el rastro, para reelaborar el camino que llevó al momento de la contemplación.
Los extremos se besan (Paz).
7. No creo más en las certezas. Estoy seguro de ello.
8. Dice Jodorowsky: definir es limitar. Si este blog fuera un poema preferiría que no llevara título alguno para no tener que adscribirme a una categorización de lo fugaz, de lo azaroso. Pero al escribir lo anterior me doy cuenta que no hablo ya de este blog. Lo que está en juego es una pretensión escritural. Rigurosamente, la escritura sólo es posible en la práctica: se escribe al escribirla (si suena a obviedad, ahí está El Grafógrafo (Joaquín Mortiz, 1972) de Salvador Elizondo), se da con el poema una vez escrito. Aunque haya quien dice que todos los poemas ya se escribieron hace 6000 años y nos queda sólo decir lo mismo ad nauseam, de la mejor manera posible. O como dios nos dé a entender, para el caso. Hasta el infierno se hizo con las mejores intenciones. Así este blog en busca del verdadero nombre que lo diga. Y si no es mucho pedir, que diga tangencialmente pero rigurosamente, a su autor.
Escrito por javierraya
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