Sólo quería reunirme con los cuates a poner unos discos, algunas chelas, sacar las guitarras por aquello de que se cumplen no se cuántos años de Cobain, “sit and drink, Pennyroyal Teeeeeeeaaa…“, etc. Era toda mi idea de un sábado y en cambio hice este post, por ausencia de quórum al jam (dios, cuánto lenguaje foráneo…).
¿Pero tendría que haber fiesta por un aniversario luctuoso? Está bien que parte de la imagen exportable del mexicano es la de bebedor impulsivo, pero esto me parece demasiado…
Con todo, me llega una sensación incómoda al pensar en Cobain. Como si nunca hubiera sido suficientemente fan y sólo los realmente fans tuvieran ¿derecho? a decidir si su muerte es celebrable o no. Fans: qué palabra molesta. Y a mi Nirvana y todo eso me llegó mucho después, como si llegara a la fiesta cuando todos se despedían. Eso.
Es una muerte celebrable porque inaugura para la generación anterior a la mía un precedente mítico, ausente desde los 70: el héroe enfrentado a su destino último, divino. Trágico en el sentido griego, perros: algo a lo que no se puede escapar, porque viene directamente de los dioses. O, el tipo se pinchó demasiada heroína, que viene a ser lo de menos. Los hechos poco importan en este caso, sólo las consecuencias. Gente de mi generación, que tenía tres o cuatro años cuando salió Bleach (Geffen, 1989), se desgarraba las vestiduras cada cinco de abril, haciendo el ritual de chutarnos toooodo el Unplugged in New York (MTV, 1994) mientras alternadamente dejábamos cigarrillos de pie, consumiéndose a solas, imaginando que un fantasma pudiera fumarlos. Cursi, pero cierto. Y en ese momento tenía sentido. 
Lo no celebrable de la muerte de Cobain es el hecho de que, como a otros genios musicales absorbidos por la cultura pop cuando tienen la terrible suerte de ser un éxito mediático, la muerte va teñida de cierto aire liberador, de una condición emergente y casi necesaria por la incapacidad de ser reconocidos como iguales por aquellos que los idolatran. No es descabellado pensar que el mentado fan deshumaniza poco a poco al músico hasta quitarle toda contextura humana, hasta imponerles condiciones divinas para las cuales nadie puede prepararse. En un buen caso el músico lo acepta de buena gana, hace lo suyo y no se toma muy en serio el circo (Bob Dylan). En otros el músico comienza a creer la suma de las imposibilidades que se le adjudican. Superpoderes, diríase. Y si el tipo ya estaba algo dañado por la vida misma, por las drogas, por una mujer a quien tendría algo que perdonarle, la cosa se jode por sí misma (Morrison, Rothko, Hendrix no cuenta porque no quería suicidarse, sólo tuvo mala suerte).
Afinidades viles
A veces la música, los libros, cuando comienzan a tomar una popularidad de alcance épico, parecen ir acompañados de una disminución en el encanto primero de sus efectos. Dejan de gustarnos un poco porque gente, en apariencia ajena a nosotros, comienza a aficionarse por lo mismo. El último caso de esto en la música, para mi, fue The Mars Volta. Otros: Muse, NIN… Porque hay cierto capital de placer en el hecho de que el arte nos sea dado como descubrimiento personal, del que acaso participemos a nuestros más cercanos amigos. Pero cuando se masifica algo que se cree “privado”, hay como una ruptura en la concordia con la obra, la escuchamos con recelo, con sospecha. Y seguimos oyéndola, nos sigue gustando. Pero tememos acaso reconocernos en el desagradable Otro usurpador. Y eso pesa.
Esto con Nirvana se hizo muy evidente. Tengo en la mente compañeras que pasaban de escuchar el top 40 del radio a declararse incondicionales de Nirvana o de los Smashing Pumpkins. ¿No debería haber algún examen de conciencia antes de ser oficialmente escucha de las buenas bandas? Por desgracia y por fortuna, no. Porque el arte ocurre así, inmediatamente, cuando ocurre. Con pocos intermediarios realmente. No ocurre, por ejemplo, en la música culta. Hay tan poca gente que está cercana a ella que es más bien un hallazgo afortunado el compartirla, no una incomodidad.
Creo que el problema, si podemos hablar de problema, es que no estamos preparados como especie para compartir. En todo caso yo también usurpo el derecho de escuchar una banda cuyo pilar murió cuando yo estaba en la primaria. Me huele a socialismo esto, a todo es de todos. En fin, para poner el ejemplo no le negaré a nadie mi Incesticide (DGC, 1992) nunca más.
Imagen: Público.es