Mano de dos palmas, final

Septiembre 2, 2008

39. Harto de wordpress y del halo deprimente de la palabra “Saldos” (máscara bizca, con un ojo en el pasado y el otro también) regresaré a blogspot, si puedo recuperar mi vieja cuenta. Ya les postearé por aquí a mis tres lectores la nueva dirección.

23. Día enormemente feliz: en la biblioteca de la facultad descubrí los 30 volúmenes de los “Cahiers” de Paul Valéry. Y de nuevo la tristeza; terrible cambio de luz al fondo del telón, tal cuál me pasa en las bibliotecas hermosas: la certeza de no vivir lo suficiente para leer lo suficiente. Poco importa. Tomé el tomo 12, relativo a los años 1921-22, esperando encontrar alguna referencia al Cementerio Marino. Seguro ahí estaba, pero la bella edición facsimilar de mil páginas por tomo, más la bella pero indescifrable caligrafía de Valéry, más mi mediocre conocimiento del francés convirtieron una mañana de lectura ena mañana de contemplación.

23a. Aquí y allá una palabra: “rien”, “liberté”, “oublié”, “logique”, “motif”. En general, gráficas, matrices, ecuaciones. ¡Cómo perdía el tiempo este monsieur Teste con las malditas matemáticas de mierda!

49. Desconfío por sistema de dos cosas: de los escritores españoles y de los escritores españoles que viven de sus libros. Pero leyendo la Replicante No. 16, me encuentro con un texto (¿crónica?, ¿chisme?) firmado por Karla Olvera, concerniente a una serie de serendipias entre su persona y las de Enrique Vila-Matas, hoy lo sé, genial escritor, y la artista Sophie Calle.

49a. Serendipia es un decir: Olvera le escribió a Vila-Matas y él le respondió. Una serie de eventos en la vida personal y profesional de la autora la llevan a toparse con el nombre de Vila-Matas, textos suyos, entrevistas por televisión, virtualmente a donde voltea (no es inverosímil siendo uno de los escritores más famosos, pero no sé si leídos, de los últimos años). Lo que parece decir Olvera es que lo asombroso debe forzarse cada tanto: no otra cosa es el arte.

49b. Leí hoy “Bartleby y compañía” (Anagrama, 2000) de Vila-Matas. Un texto (¿novela?, ¿bestiario?) de célebres y desconocidos bartlebys quienes por las más diversas razones deciden abrazar el acto negativo, como dice el autor, la escritura del No. Un escritor del No debe hacer básicamente una cosa: no escribir. De ahí su genealogía con el personaje de Melville, que lacónicamente, al presentársele una cuestión, responde con el paradigma del nihilismo: “preferiría no hacerlo”. El personaje de la novela, bartleby por derecho propio, elabora un catálogo de bartlebys con lo que pretende salir de un silencio escritural de 23 años. A ratos me pareció un chismógrafo* snob (creo que ese aire de dignidad que tienen los escritores, los novelistas sobre todo, es lo que me parece insoportable, en especial de los españoles), pero con buenas intenciones sin duda. Me quedó la impresión de que el narrador era innecesario: ¿por qué no hablar desde un Narrador Vila-Matas, como desde un Narrador-Borges y no pedirle tanto a la ficción? Hay novelas que me son insoportables por mi grado de incredulidad. Pero este ejercicio es genial. Tengo para mí que si la obra a escribir no es mejor, o por lo menos, no está a la altura de lo que se ha escrito antes, de lo que uno mismo tiene por mejor dentro de lo que ha leído, mejor no debiera escribirse nada. Pretextos sobran para evitar el sufrimiento. Yo también preferiría no hacerlo (y acaso sería lo mejor que podría hacer, dejar de escribir), pero no, nunca tuve tantos huevos, tanta voluntad para volcarme en algo completamente. Menos en abstenerme de algo. Digamos que soy un mediocre comprometido. Eso.

30. Sí, deinitivamente odio este blog. No el blog en sí, el wordpress, las barras grises y frías, el volumen falso. En blogspot por lo menos sabes que el fondo es plano, que no hay nada. No intenta engañarte como este pinche formato, como una mala ficción. No me pidan que les crea, por favor, no puedo creerles. I want to believe, pero no, estoy desencantado realmente.

39. ¿Soy yo o últimamente escribo con un exceso de adverbios y, en general, de manera completamente prescindible?

0. Harto de rumiar sobre los saldos del año pasado, el peor de mi vida, si se me permite, doy por oficialmente terminada mi etapa wordpress. Espero ser más constante y escribir como me gusta: con la intensidad del que escribe una lista del super, adrenalizado, como si escribiera su nota suicida. ¿Cómo saber que cada palabra no es la última, en todo caso? ¿Y malgastar la última palabra escribiendo ficción? Vale, la vida está sobrevalorada como tantas otras cosas: como el amor, como la poesía, como el sexo. Pero si uno está condenado a ser un fracaso, acordemos como fracasados de la sociedad del espectáculo fracasar espectacularmente. ¿Ficción? ¿Y qué las palabras existen, o ficción comparado con qué? Hablar es ficcionar. El principio de realidad es una abstracción, vacía como un número; un signo puesto en lugar de algo que no está. El mundo no existe, lo escribimos. ¿Y encima vamos a ficcionar? Al carajo. La palabra es metáfora ya de suyo, apunta hacia algo que no se parece en nada a su cualidad matérica, a una idea de la cosa, se transparenta; y a a vez llama la atención sobre sí misma: cada palabra como un ave terrible, en celo.

0a. Escribir como volar con un periódico: es imposible, pero te encantaría ver a alguien rompiéndose la cara al intentarlo.

0b. Si la vida es un error, he tenido desde un principio las cuatro patas hasta el fondo de la mierda. Y he sido profundamente feliz. He aceptado lo irreparable, ¿no es esta una forma de suicidio del mundo, de cabal ausencia?

0c. No tengo ideales, no tengo propósitos. Si puedo hacer un verso perfecto antes de morir, habrá valido la pena. Si no, igual da. Puedo escribir excelentemente, pero he preferido no hacerlo, así que no cabe culpar a nadie. O al mal lector que hay en mí, que no sabe apreciar mi evidente genialidad.

0d. De un tiempo para acá, no sé que tengo, que escribo puras obras maestras. Me cae. 

0e. Estoy harto de escribir, pero, ustedes disculpen, si no escribo, me muero. Empezaría con pequeños actos de terrorismo locales, luego terminaría abriendo una franquicia de Mc’Donalds, o qué sé yo, dios me libre, haciendo happenings.

0f. El único ejercicio necesario es leer y una forma absoluta de leer es escribir. Leo, luego soy.

0g. Casi no veo noticieros; personalmente me importa un carajo la guerra de Georgia y los encarcelados de Atenco. Nunca pienso en los niños muriendo de hambre en África. No me provocan compasión los osos polares ahogados. Todo se está yendo a la mierda, ¿y qué? Todo debía irse a la mierda algún día, ¿qué esperaban de animales a los que la evolución dotó del habla?

0h. La palabra es en escencia combativa: su expresión implica una violencia irreparable contra el silencio. Nuestra soberbia llega al grado de considerar al silencio como una ausencia. Vaya especie jodida.

0i. Para mi tengo que cuando termine la carrera, si puedo dar literatura en un colegio de señoritas, habré cumplido mis ambiciones en el mundo.

0j. No tendré nada por qué vivir cuando agote los 30 volúmenes de los ”Cahiers” de Valéry. Si logro leerlos, seré tan viejo que no tendré fuerza suficiente para suicidarme. Así que, ustedes disculpen, tengo que leer con rapidez.

0k. Quiero agregar que no publico porque no hay alguien tan enfermo como para leerme sin hacer una mueca de extrañeza, acaso de ternura. Y encima porque lo que vende, son putas novelas.

0l. Ya sé que hay números que se repiten. Demándenme.

0m. Soy uno de los mejores poetas de una generación donde el parámetro a vencer es la mediocridad. (Cfr. 0)

0n. Soy un plagiador; pero el plagio “es el arte de escoger. Es un gran arte” (Valéry).

0o. Soy esquizofrénico, pero inofensivo.

0p. Soy Javier Raya, mentiroso.

0q. Soy feliz, no tengo familia.

0r. Soy un hijo de puta y escribo como no te atreves.

0s. Soy un poeta.

0t. Soy un genio.

0u. Soy siniestro.

0v. Soy anodino.

0w. Soy el amor de tu vida.

0x. Soy lo peor que te pudo haber pasado.

0y. Si leíste hasta aquí, no puedes ser mejor que yo.

1. Soy nadie.

 

 

 

 

 

*Chismógrafo (esp. sust. reg. mex.): Divertimento escolar donde se ventilan intimidades supuestamente escandalosas entre los miembros de un grupo a través de un cuaderno donde se comparte el anonimato. Minificción. Curso hiper breve de escritura creativa.


Mano de dos palmas, 3

Julio 31, 2008

85. No sé qué me ha dado en esta etapa por poner el ojo avizor sobre el proceso. Supongo que mis tres lectores estarán cabeceando (me consta de la Ed. que ya me dijo que soy ilegible). Es esta ansia narcisista de explicar el mundo como mejor uno puede. En mi caso, se da por una paranoia bien fundada en la peligrosidad de repetir formas. Ergo, si una idea tiene cierto grado de profundidad, podemos matizarla al grado de que sea la idea y su contrario: o sea una forma absolutamente autorreferencial, más pretenciosa que nada, un ejercicio al fin de no-responsabilidad.  Aunque otra manera de afrontar lo ilegible que me estoy volviendo es la idea del reto; lo que me hace volver a Lezama una y otra vez es eso, el placer de no entender un carajo. Y sí, entendimiento es forma de placer (si los filósofos no sienten un mínimo de placer por lo que hacen –sea lo que esto sea– están jodidos…), una forma de placer que prometo no analizar.

22. La paranoia fundada es cierto episodio jodido del año pasado, que me arruinó la paciencia pero que me hizo entender que alguien que escribe no tiene excusas. Tampoco tendría por qué tener miedo. Yo tuve ambos.

67. Idea 1: “Lo único propio del escritor es la forma” (Valéry)

68. Idea 2: “…despertad a la era del copyleft” (Mills)

900. La reflexión teórica supone cierta profesionalización de lo que se hace. Cierta seriedad, vaya. Que uno se preocupa por lo que hace. El problema (sí, siempre hay un problema, si no no sería tan divertido) es que parece haber, por un lado, un pensamiento latente sobre lo que se hace (lo que pienso, mi proceso personal e intransferible cuando me pongo a escribir un poema) y el otro pensamiento abstracto sobre la cosa cuando ya pasó (las 3 veces santas instituciones de teoría literaria, crítica, etc.) Sobre el primero, nada puede decirse. Sobre el segundo, se intenta. Y se fracasa irremediablemente.

695. Pero pueden olvidar el punto anterior: escribir sobre lo que se lee da trabajo a algunas personas, a fin de cuentas.

305. Una perspectiva más romántica sería ver a la teoría literaria y la crítica como libros de viajes: excursiones del lenguaje a través del lenguaje. ¿Masturbación? Seguramente. Pero es difícil crear obras maestras al por mayor.

394. La teoría es disparadora de ideas: la creación como tal parecería enmendar errores (creando nuevos) o subsanar espacios vacíos apuntados por el pensamiento abstracto. Creación: descubrimiento de nuevos errores.

958. Me gusta que los novísimos estén tomándose medio a juego esta cosa del arte. Perdida el aura benjamineana de la obra por el modo de producción blablabla en el siglo xx, lo que queda es la desesperanza en la función.


Variaciones del hacer

Julio 27, 2008

“La verdad es indivisible, por tanto no se puede reconocer a sí misma; quien la quiera reconocer debe ser mentira*” (tachado en el original) Aforismo 39a, F. Kafka

 

La definición más clara del margen, de la diferencia (arbitraria irremediablemente por humana, toda diferencia, según Baudrillard) entre filosofía y poesía la tengo de la Zambrano: filósofo es el que busca darse a sí el ser por medio de actos de voluntad; poeta es a quien el ser le es donado continuamente.

Pero el proceso dialéctico, la duda filosófica, ¿no es esperanza de donación de sentido hacia las palabras? Un sentido construido sólo a partir de la acción. Como en poesía, pues. Diferencia ilusoria realmente, entre filósofos y poetas sólo en términos de finalidades, que pueden entenderse como una larga confusión sobre el asunto de la forma: Valéry transita entre forma y fondo como mismo ente indiscernible de lo poético; para Mallarmé la dicotomía es inexistente, nombres de una misma cosa que se expone a través de sí misma solamente, deítica, es decir, explicada sólo por sí misma; luego, inexplicable.

En el análisis de Jean-Michel Rey sobre la obra de Válery se acusa al filósofo de un error que sólo puede ser de óptica: no ver (o no querer ver, ceguera voluntaria) que la forma de su discurso constituye la expresión más evidente y propia de su contenido. Que la forma es lo contenido. Según Válery, el filósofo (Nietzsche, puntualmente, pero vale como para-deigma) se pierde en rodeos y definiciones intentando asir un ideal elusivo, una meta fantasmagórica, sin notar (sin volver el eje de su actividad sobre el hacer que está teniendo lugar mientras escribe) que en el modo del buscar ocurre la expresión de lo buscado. No otra forma del buscar adoptan los llamados “deconstruccionistas” franceses, como Derrida, ilegible sólo si se espera encontrar un sentido como donación, como decurso, como esa filosofía que te lleva de la manita por ríos de palabras que definen palabras que definen…; Baudrillard mismo confiesa que su escritora da rodeos, evade métodos convencionales para fundirse por excepción con su objeto: el discurso toma la forma de lo dicho: “para decir la simulación el discurso debe volverse simulación” (o algo así, cito de memoria).

En el trasfondo de su actividad, el filósofo no ejercita otro movimiento que el de versura, dynamo por excelencia de lo poético (en oposición –discutible– de provorsa, prosa, la dirección del sentido, por lo que versus sería la pura dirección, la impronta misma de movimiento). El versus que indica dirección, y como apunta Jakobson, retorno (sé que me leen puros genios de la poesía que ya sabrán esto, pero cabe recordar que ese retorno nace para el lenguaje de la vuelta que realiza un arado en el surco, metáfora agropecuaria que no da pocos frutos), caracterización al fin de los movimientos del hacer siguiendo las huellas de lo hecho, re-comenzando continuamente, re-plegándose: acción del poetizar que es acción del pensamiento en su huella más palpable, la de ser objeto en marcha, en acción, trabajo.

A partir de Platón el poeta es visto por la filosofía como aquel que se entretiene en los aspectos exteriores de las cosas (las mentadas apariencias –aunque Heidegger retoma el término para depurar sus múltiples acepciones, quisiera retomar eso luego), negándose así la posibilidad del ser –y peligroso porque en ese malentendido fundamental les niega a los que lo escuchan la posibilidad del ser igualmente, lo que basta para su pronto exilio del país del pensamiento en “La República” en calidad nada menos que de apestados, terroristas. La precaución platónica no es excesiva: la salvación en términos cristianos aún no se ha inventado, así que el hombre debía trascenderse por sus propios medios (y baste la esquematización precedente como pura ilustración del contexto; evidentemente la preocupación de Platón es mayor, rastreable incluso hacia la venganza: uno de los acusadores de Sócrates era al parecer, poeta, no malo). Así, el filósofo se consigna a una como voluntad mesiánica: ganar el ser para sí y, en el mismo movimiento, dar la vía para que la humanidad pueda hallarlo. Pero si el poeta parece perderse en la pura apariencia elusiva de las formas, es en este mismo perderse que muestrael movimiento del buscar, no explicando el hallazgo sino re-haciendo el camino (el proceso) necesario para que el hallazgo ocurra. Es decir, el filósofo opera con las palabras para dotarlas de sentido; sentido que sobre todo en la poesía moderna, el poeta obvia, para operar a su vez en el movimiento de las palabras mismas, en su ocurrir, en la pura forma (y reestableciendo el sentido primigenio, así, para la tribu, como apuntaba Mallarmé). Si el poeta no transmite directamente un contenido es porque intuye lo que el filósofo ignora: que la verdad como ente es intransmisible. La verdad se contempla sólo por refracción (como el cielo azul intocable, y en ese sentido, aparente) en la “cosidad” (Heidegger), es decir, en el propio evidenciarse (que en el sentido que Heidegger le da a la “apariencia”, sería el de aparecer-ante, el de exponerse) de las cosas. El poeta, entonces, al señalar las “apariencias” está señalando vías posiblesde acceso al verum, a la verdad, sin pretender dotar a la verdad de una forma reconocible: transmisible acaso por familiar o por eficacia explicativa. El hacer del poeta será así indiscernible de una ética: no puede transmitir lo intransmisible, y ante esta imposibilidad (feliz fracaso) su hacer consistirá en mostrar la experiencia de la verdad, en re-producir los efectos de la verdad a través de la forma en que aparecen en su hacer. El fracaso del filósofo será pretender pensar la cosa en su ser-sí-mismo (fracaso divertido, si cabe, pero igual fracaso que, aunado al del poeta, niega el triunfo romántico de la palabra sobre las cosas).

Lezama llega a este mismo choro al afirmar que sólo lo difícil es estimulante. Si uno busca “la verdad” en Dador o Paradiso probablemente acabe cometiendo seppuku intelectual. Si se acusa dificultad en Lezama (y en general, creo, este es un reproche recurrente sobre la “institución” Poesía) es porque no está dispuesto a entregar los dones que ha ido acumulando sin que el que los busca, los merezca. El merecimiento es efecto de la búsqueda, lo que no implica que por el sólo buscar uno acabe mereciendo, encontrando. Pero el hallazgo justifica todo esfuerzo (y tal es en verdad lo inefable del asombro en poesía). Lo mismo vale para el Cementerio marino de Valéry. Pero el genio de Lezama estribó en mostrar el aspecto “experiencial” que se apuntó anteriormente: al emprender la escritura de un proyecto poético total, a saber, decir el mundo, no hace otra cosa que proponer la verdad como experiencia suceptible de descubrirse sólo a fuerza de andar el camino propuesto, el de la dificultad; experiencia de posibilidad válida en el proceso de acción y recepción poética, versus. Esta dialéctica del dar y recibir es especialmente cara a Valéry (Rey): el poema no es sino los efectos que logra, y que lo conforman. Valéry mismo en “Poesía y pensamiento abstracto” desmantela la escisión histórica entre lirismo y lógica proponiéndolas como un mismo movimiento complementario (si bien, diferente en su aspecto modal) para decir lo real, en tanto que tomemos este decir como la pretensión última de filósofos y poetas; sus respectivos trabajos no serían sino búsqueda de medios para explicarse esto, lo real.  Lapida, así, Valéry, esta necesidad de expresar el objeto en sus propios términos, de los filósofos: “Quería mostrar[les, a los filósofos] que les sería infinitamente provechoso practicar esta laboriosa poesía que conduce insensiblemente a estudiar las combinaciones de palabras, no tanto por la conformidad de los significados de esas agrupaciones con una idea o pensamiento que uno se considera en la necesidad de expresar, sino, por el contrario, por sus efectos una vez formados, entre los que uno escoge” (de Jean-Michel Rey, Paul Valéry, la aventura de una obra, Siglo XXI, p. 109, a su vez tomado de Ouvres I, p. 1451)

Elección que es elaboración, filósofo y poeta (esos entes abstractos que encarnan en la gente menos confiable del mundo, en especial los últimos –en eso damos razón a Platón) abrevan del mismo poiesis en su acción positiva, en su hacer que es generar a partir de nada. El poeta, sumariamente, haría que algo fuera; mientras el filósofo buscaría explicarse el ser del algo. Filosofía y poesía se confiesan proceso: formas siempre parciales, fugaces, gerundias, del hacer.

* Imagen: Paul Valéry en w3.papelenblanco.com


Mano de dos palmas, 2

Julio 26, 2008

47. La manía de escribir es latencia; pero la escritura sólo puede darse en gerundio, definirse por la evidencia de su movimiento. No otra cosa es escribir que estar escribiendo. Idea cara a Valéry, el autor es una noción ficticia (un “mito obligado”, como lo llama Jean-Michel Rey en un ensayo del mismo título alrededor de la obra valeriana) dado que se define como tal, siempre a posteriori, a uno que ha escrito.

La contracara de la escritura como noción positiva no es el silencio –eso que amenaza continuamente con sacar al escritor de su función, de su estar en el mundo– sino lo no escrito que se reconoce en el tiempo ya no como latencia o incapacidad del escritor para abordarlo: imposibilidad absoluta, por innecesaria, de  transmitir un contenido que no precisa transmisión; un contenido que permanece conformando el ser del escritor, acaso como el molde convexo de donde ha salido lo que  algún momento advirtió como obra, lo inefable ejerciendo su total significado.

La Gran-Obra sería, así, el estado de disponibilidad del escritor para fijar en obras, arbitrariamente, aquello que ha requerido ser nombrado no mediante reflexión o programa, sino en el mismo movimiento escritural. No de otra manera la insoluble cuestión de forma y contenido se conducen mutuamente. Recordar que ante esto, Valéry ha dicho que un poema no se termina, se abandona.

98. Paul Valéry (Sète, 1871) pareciera ejercer la reflexión de una manera tan concisa que podría decirse que sus ensayos son compilados de epígrafes, reunión de ideas que son gérmenes, abrevaderos de lo que aún no es.

24. Una joyita encontrada en la venta de saldos del Auditorio Nacional: “Lo creativo”, del discreto beat Robert Creeley (Arlington, 1926).

Alguien sabio (no se me pregunte el nombre, Toynbee, Confucio, mi abuelita Esther…) dijo que la historia sólo se aprende y se transmite como biografía (añadamos al margen que la historia, perdón, la Historia, pareciera ser la suma de grandes biografías, o de discretas autobiografías que aportan su durmiente al tiempo); esto se verifica en la revisión de Creeley de los años en el Frisco real y ficticio alternativamente de Jack Kerouac, así como en la breve pero fructífera labor editorial realizada al lado de Allen Ginsberg en el Black Mountain College. Tuvo pues, la ¿fortuna? de ver atravesada su historia personal con el periodo acaso más vivo del arte estadounidense; de otra manera: Creeley es un satélite del arte gringo del siglo xx. Cercano a las luminarias beat de exportación, interlocutor epistolar de Pound, testigo activo de Polock y de De Kooning, deudor confeso de Williams, su escritura evidencia el caracter paralizador de términos como arte, influencia, poema, a través del ejercicio de una memoria audaz, sabia y competente, hablando desde lo evidente que escapa a los ojos, como decía Nietzsche sobre esos brillos que conforman las verdaderas obras (luego pondré algo sobre el esquivo verum que nomás no me termina de convencer de que existe –esquivo yeti filosófico).

Su trabajo poético es de una factura incontestable (wow, qué pomposo esto para un poeta no simple: sencillo), que muestra sin pudor las enseñanzas de Williams y Pound –nótese el ritmo conversacional, narrativo, empero los cortes versales que hacen más evidente la densidad, la sorpresa de la significación contenida en unas pocas palabras apiladas:

      For love—I would
      split open your head and put
      a candle in
      behind the eyes.

      Love is dead in us
      if we forget
      the virtues of an amulet
      and quick surprise. 

      Por amor—te
      abriría la cabeza y pondría
      una vela en
      medio de tus ojos.

      Amor es muerte en nosotros
      si olvidamos
      las virtudes de amuleto 
      y rápida sorpresa. 

(“For love“, de Warning, –la deficiente e improvisada traducción es mía; algunos poemas más pueden encontrarse aquí)

Egoístamente lamentar su fallecimiento en 2005, mucho más que la de gente que conozco de oídas (como mi abuelita Esther…)

26. Difícil aportar una nueva lectura sobre algo más que convenido: que Nietzsche era un moralista hijo de puta, profeta de una raza de supermanes y teórico involuntario del nazismo.

De una manera más que elegante, Peter Sloterdjik (Karlsruhe, 1947) consigue sugerir una lectura más aguda: si el profesor N. impreca contra las desviaciones de la burguesía y la pequeño-burguesía (como el crédito social conferido a la educación escolarizada y la religión organizada como base para una sociedad de esclavos que buscan “salvación” en vez de “vida espiritual”) es porque tiene una profunda (o por lo menos modesta, suficiente para llevarlo a escribir) esperanza en que tales desaciertos sólo pueden ser corregidos por la sociedad misma. Si les confronta el terrible espejo de sí mismos no será (solamente) para provocar o escandalizar, sino para propiciar una toma de conciencia sobre su actualidad, despojando al Estado (sumida en su ingenuo nacionalismo), a la Iglesia (sumisa en sus complejos de culpa), a la Academia misma (a las instituciones, vamos, que se escriben con mayúscula) de su papel intermediario entre el hombre y sus relaciones con el otro.

Si ya logró esto en las primeras páginas de su “Crítica a la razón cínica” (en hermosa pero incosteable edición de Siruela), me pregunto –no sin emoción franca– cuántas ideas anquilosadas habré de desechar en lo que sigue.

 

 *Créditos: “Warning” tomado de la Poetry Foundation.

**Foto de Sloterjdijk: tomada de http://labola.wordpress.com


De por qué este blog no debería llamarse “Saldos e imprecaciones”

Mayo 12, 2008

1. En general intento que las entradas de mi blog tengan algún interés. ¿Cuál?: alguno. Si no lo he logrado es porque soy un imbécil, no hay otra explicación. Pero sobre esta entrada específicamente, prevengo a mis tres lectores de que es una de las pocas, espero poquísimas, donde toco temas que acaso tangencialmente tienen que ver con la poesía, el arte, o esas cosas harto interesantes de la vida; aunque su trasfondo último este permeado por éstas. Tímido como soy, escribo este 1. a manera de prevenir acerca de los fantasmas de la autoexposición: esta entrada es una clarificación de intenciones con valor, si tal, para mi mismo y no una propuesta o programa sobre ningún blog o en general sobre la “experiencia blogger”. Lo que viene trata sobre una exégesis medio pendeja sobre el nombre de mi blog; y también es una sustitución de un correo masivo sobre mis paraderos por aquello de que perdí varias direcciones de e-mail; con un fin de economía en todo caso: no repetir la misma historia muchas veces. Así que mis pocos, aún, amigos, podrán darse por enterados del por qué no contesto el teléfono hace rato y seguro no he respondido mails tampoco.

Si pongo aquí estas cosas, es para pensar en voz alta alrededor de mi (esa sobrevalorada) experiencia personal con relación a esta forma de discurso efímero, medio anónimo y a fin de cuentas subjetivo como muchos, el blog, que elegí tal vez para compartir algo, tal vez como recurso de autopromoción, tal vez para reafirmar una forma de necedad, tal vez para perseverar en un viejo concepto de hospitalidad entendido como la mayor fraternidad entre desconocidos casuales sobre un mendrugo de pan, o sobre una idea común, que en este contexto nuestro de competencia y canibalismo intelectual queda casi obsoleto (qué oración más larga y cacofónica, joder). En este sentido, intento que mis entradas sean “hospitalarias”. Bueno:  específicamente esta no lo es ni pretende serlo. Si quieres hay algunos links a la izquierda con contenido mucho más interesante. Si te he persuadido para que emigres, 1. ha cumplido su misión. Si no, qué remedio, el espíritu democrático de internet no te salvará de algún aburrimiento en los siguientes puntos. 

2. Me disculpo primero con mis tres únicos pero fervientes lectores por la ausencia de estos días. Ahora no estoy más en Querétaro y soy un anónimo con plenos derechos de ciudadanía en mi lugar de nacimiento, la oximorónica (perdónese el barbarismo del adjetivo, pero aquí sólo se entienden las cosas por sus evidencias más contradictorias, así se trate de sutilezas) Cd. de México, donde espero fervientemente, con ojitos de Rémy en el paroxismo de la esperanza, sacar muy muy buenas calificaciones en la FFyL de la UNAM, que dice que no hay bronca en tenerme por ahí los próximos años. Será que hubo un error, pero para el caso ahora se friegan.

2b. Para reiniciar contacto con los desaparecidos, ahí está mi mail: raya.ja@gmail.com; eso por lo pronto, porque toda localización geográfica está en veremos, igual con el fon, pero dense por enterados de que ando por acá en la capital.

3. Sobre el nombre de este blog: Saldos.

Vaya. Qué genio el mío, me cae. ¿Por qué no escogí un nombre cool, acá, más posmo y radical, como “Chicles de guanábana”, “Lo que no dijo Lynch”, “No soy nadie”, no sé, algo que le quitara ese pretendido aire de reflexión sesuda, esa severidad que no sé barrerme de encima.

Me agarré del nombrecito a partir de una serie de relaciones y asuntos que marcaron el final de una etapa vital desde mediados del 2007 y que continúan arrojando lo que parecen ser números rojos de pérdidas y desbalances (parece que el universo contextual de la palabra Saldos se termina en la metáfora financiera por donde se le vea, o será que no tengo imaginación para iluminar relaciones más interesantes.) En ese sentido, “Saldos e imprecaciones” remite a una fórmula anodina de grito de guerra: ¿contra qué? Parece ser lo de menos. Tiene además un caracter de exclusión –infiero aquí la antípoda de mi blog anterior, “La casa invisible”, que salió del aire virtual por motivos que no son de competencia más que del pasado–, como si hubiera que atenerse a mis desplantes o algo así. Eso nunca me ha gustado del nombre.

Como se sabe, un saldo es lo que queda en algún tipo de proceso o depuración; propone una lectura financiera, estadística se diría, sobre la cosa. Remite al momento último de una serie de eventos/intercambios comerciales/ideas en donde se presume es posible obtener una experiencia final del conjunto o un balance entre lo invertido y lo recibido. Como modelo de tiempo implicaría una vista retrospectiva, una especie de actualización de la experiencia (esta definición me seduce, pero ¿no es más atractivo el presente en el momento de la reconstrucción de la experiencia, el momentum de la escritura del que habla Kerouac?) También es lo que queda de entre un conjunto de cosas que se han quedado fuera de categorización, o como sobras de alguna operación: piénsese en las maravillosas ventas de saldos en las librerías, que rebajan títulos apenas a un porcentaje mínimo de su primer valor comercial; o lo sobrante en esas otras ventas de “fin de temporada” (dice Baudrillard, no hay primavera en oposición a invierno, el hombre establece la diferencia para hacer como que entiende algo que no habría por qué entender: esto es: agredir. La eficacia de la moda como institución social radica en su capacidad para generar un correlato de duración de la vida aboliendo el mero transcurrir mediante la sobresignificación de una periodicidad tan arbitraria como las estaciones, en estos días del calentamiento global, donde, ay, ni de eso podemos fiarnos… Fenómeno visible en los grandes almacenes comerciales: ceremonia orgiástica donde lo que no fue consumido debe ser sacrificado mediante la estrategia del remate, la desvalorización relativa del objeto de consumo con respecto a sus proyecciones iniciales, fallidas si ha de recurrirse a tal operación.) Cualquiera de estas definiciones parciales, en todo caso, va contra ese como peregrinaje de la crítica de arte (que es más o menos una de las improntas de este blog) a partir del modernismo y de las vanguardias históricas (no así, en conjunto, pero algo hay) de atravesar la obra a partir de los medios mismos sobre los que se asienta su elaboración, a saber, las pistas, manchones de sangre o pintura o tinta como evidencia perenne de su tránsito: dialéctica de la ocultación-exposición de la entraña, proceso y no resultado, “[creación de] un pensamiento nuevo para ese objeto” (Duchamp sobre el ready-made “La fuente”, Galería de Filadelfia); aceptación de la cuota de misterio del mundo como disparador de conciencia; humilde acuse  de ignorancia: ¿cómo, entonces, carajos arrojar un saldo último sobre cualquier cosa, más sobre una obra de arte, ya desde la crítica, ya desde la creación, finalizarla, decir que se ha finalizado?, ¿cómo asentar la terminación de un proceso vital? ¿Qué todo estadio de escritura no es, como dice Valéry, el abandono en un periodo arbitrario de un quehacer idealmente infinito? ¿Qué autoridad se precisaría para determinar el “saldo” final de una cosa? Obtener un saldo es siempre accionar una guillotina.

4. Todos los indicios apuntan a una reformulación, a una reinvención de las intenciones de este ¿espacio, formato, capricho?, que grita por un nombre diferente. Por un renacimiento, con todo e implicación cursi del término.

5. Pero vamos a ver. Los blogs, como toqué aquí, son una forma ingenua de pensar que el otro nos escucha entre el gentío; una forma de ingenuidad y gratuidad que nada compensa, al igual que nada compensa las intenciones extrañas de seguir haciendo arte o seguir perpetuando la sobrevivencia del hombre como especie. Estas instituciones (arte, hombre) se sustentan en ideales cuya vigencia es de lo más divertido poner en duda, pero que al final no dejan nada: no arrojan saldos, es decir, certezas. Se parte para vivir de un principio de incertidumbre (como en la física atómica sobre el comportamiento de las partículas), de una insufrible condición de orfandad vital. ¿Pero habría que pedir una validacion o aprobación sobre cualquier cosa? ¿A quién? El principio de inercia natural (eso que se conoce como instinto) rige soberanamente sobre cualquier empeño, desarticulando toda probabilidad de sentido a nivel intelectual, racional: no hay por qué para la cosa. A fin de cuentas todo esto se va a ir al carajo. El sol se lo va a tragar todo uno de estos días y no lo veremos porque moriremos como está previsto desde siempre en nuestra condición finita, en nuestra porción mortal, y lo que hagamos es intrascendente como sea. Las pirámides de Gizeh son intrasendentes. Los poemas homéricos, intrascendentes. Los sacrificios, las metafísicas, las depuraciones raciales, el amor, todo intrascendente. Lo dicen mejor Schopenhauer o Rimbaud, pero ambos, según sus leyendas, se desdicen al final, en el momento supremo, embargados tal vez por una suerte de esperanza fatal, trágica, de que el final no tiene final, esperando la segunda parte de su íntimo relato (no sé si pasara lo mismo con Sartre, pero sería maravilloso.)

6. “Saldo” sería entonces, certeza.

Buscar certezas es un afán antes que científico por lo riguroso, humano, en lo más general e inclusivo de la palabra. El sentido de lo religioso, según la Zambrano, está en establecer los términos de una relación entre lo divino inefable y lo humano. El afán científico parte de la conquista pragmática del hombre sobre lo que lo rodea. El primero afirma la posibilidad de unión con lo divino mediante el método de la fe, esa antítesis del conocimiento, esa como grata negación epistemológica. El segundo afirma que conocer el mundo es posible, y más: necesario; lo que no puede plantearse a través del método de verificación experimental, no existe: en estos términos, la física moderna no ha logrado resolver no ya el problema de dios, sino ese otro tan pedestre y tan enigmático de la turbulencia: abran la llave del lavabo y ese movimiento que ven sobre la pileta es inexpresable, en estos momentos, matemáticamente. Paradójicamente, lo religioso arroja saldos en forma de dogmas (es decir, certezas hermenéuticas, por ejemplo, sobre las escrituras sagradas –pienso en el cristianismo básicamente, o, al introducir nuevas potencialidades interpretativas desplaza (fractal) el saldo hacia una especificidad diferente –piénsese en las variaciones sobre el tema crístico a partir de la Reforma luterana que resultan en la profusión de credos surgidos del cristianismo para hacerle a un grupo su cristianismo à portér: mormones, protestantes, anglicanos, luteranos, anabaptistas, testigos de Jehová, etc.; y lo científico no llega a lo cierto jamás: los modelos atómicos que enseñan en la escuela, me decía hace poco un químico, son abstracciones absurdas, bidimensionales, de algo cuya forma apenas se infiere mediante harto complicados cálculos de computadora: algunos elementos de la tabla periódica han tenido (puesto que han sido obtenidos sintéticamente, en laboratorio) una existencia apenas de unos segundos por su inestabilidad molecular: una forma de materia que tiene la duración de la belleza cuando ocurre, cuerpos ínfimos que duran lo que la extrañeza terrible de la revelación poética, y que como el poema dejan solamente su traza de signos para seguirles el rastro, para reelaborar el camino que llevó al momento de la contemplación.

Los extremos se besan (Paz).

7. No creo más en las certezas. Estoy seguro de ello.

8. Dice Jodorowsky: definir es limitar. Si este blog fuera un poema preferiría que no llevara título alguno para no tener que adscribirme a una categorización de lo fugaz, de lo azaroso. Pero al escribir lo anterior me doy cuenta que no hablo ya de este blog. Lo que está en juego es una pretensión escritural. Rigurosamente, la escritura sólo es posible en la práctica: se escribe al escribirla (si suena a obviedad, ahí está El Grafógrafo (Joaquín Mortiz, 1972) de Salvador Elizondo), se da con el poema una vez escrito. Aunque haya quien dice que todos los poemas ya se escribieron hace 6000 años y nos queda sólo decir lo mismo ad nauseam, de la mejor manera posible. O como dios nos dé a entender, para el caso. Hasta el infierno se hizo con las mejores intenciones. Así este blog en busca del verdadero nombre que lo diga. Y si no es mucho pedir, que diga tangencialmente pero rigurosamente, a su autor.


La impertinencia de escribir

Abril 5, 2008

Mi nombre es Javier Raya. Alguien me dijo una vez que no escribía tan mal, y estúpidamente lo creí.

Estoy publicado aquí y allá como todo el mundo, en revistas más bien pequeñas y en suplementos culturales de provincia que sirven, si acaso, para embarnecer las piñatas de fin de año o para rellenar botas en zapaterías. No tengo becas, ni premios, ni filiación (que yo sepa) con ninguna camarilla literaria mexicana, menos internacional (aunque no me queda claro que se dice con “camarilla literaria”, pero no vaya a ser…). Tengo cinco plaquetas de poesía, inéditas por impublicables, y aproximadamente doce y medio kilos de ensayos, que valen para un carajo.

No soy un resentido social ni un crítico del sistema. Más bien salgo poco.

¿Otro blog?

El blog viene a ser como la bitácora del día a día. Pero esto no es wikipedia, así que ahí muere con la definición. La implicación en cambio, de la existencia de una red de blogs, la famosa blogósfera, es la materialización malévola de esa predicción de Harold Bloom contenida en “El futuro de la imaginación” (Anagrama, Col. Argumentos, 2002), donde, a partir de nuestros días y gracias a la disponibilidad de los medios electrónicos (por lo menos en los países donde hay alguna población que no se muere de hambre), siguiendo una consigna democrática deleznable de más en vez de mejor, la gente se pone a publicar más que a escribir, excediendo la capacidad lectora de cualquier ser humano que destina, si acaso, una cantidad harto pequeña de tiempo para la lectura. Lo malévolo de esta materialización viene porque ahora cualquier alfabeta (i.e. hijo de vecino que aprendió -mal- a leer y a escribir) se siente escritor y cuelga pendejadas e imprecaciones en la web, como un náufrago sintiendo que alguien lo escucha mentarle la madre a dios mientras se hunde en la tormenta.

Esto no está bien ni mal. Está simultáneamente: la idea es atractiva porque, en el mejor de los casos, nos hacemos un favor a nosotros mismos al escribir en vez de, por ejemplo, dedicarnos a la administración de empresas o al bombardeo de poblaciones civiles. Negativa porque el alfabeta-blogger tiende a creer que tiene algo que decir, y aunque su decir tuviera gracia o fuera de suma importancia, la cantidad brutal de información disponible relega su discurso, si acaso, a la sección más inferior de la prioridad lectora de los ya de por sí reducidos lectores.

Si el blog es de poesía, la cosa empeora.

Razones para no escribir

Impera sin embargo una razón de resistencia. Romántica y todo, alguien escribe para alguien y hay un círculo que se cierra. Leer y escribir son dos formas de decir conversación. Y uno se siente menos solo ante la posibilidad de que alguien participe de su extravío. Se me ocurre que la escritura es un buen sustituto para la oración (conversación con dios) en un tiempo sin dioses, donde lo único que más o menos da esperanza es el encuentro afortunado con el Otro.

Pero este encuentro puede darse igualmente teniendo sexo o jugando videojuegos. Empero, con todas las razones para no escribir sobre la mesa, uno comete la soberana estupidez de seguir escribiendo.

Imagen: http://www.agirregabiria.net/mikel/2004/escribires.htm