Variaciones del hacer

“La verdad es indivisible, por tanto no se puede reconocer a sí misma; quien la quiera reconocer debe ser mentira*” (tachado en el original) Aforismo 39a, F. Kafka

 

La definición más clara del margen, de la diferencia (arbitraria irremediablemente por humana, toda diferencia, según Baudrillard) entre filosofía y poesía la tengo de la Zambrano: filósofo es el que busca darse a sí el ser por medio de actos de voluntad; poeta es a quien el ser le es donado continuamente.

Pero el proceso dialéctico, la duda filosófica, ¿no es esperanza de donación de sentido hacia las palabras? Un sentido construido sólo a partir de la acción. Como en poesía, pues. Diferencia ilusoria realmente, entre filósofos y poetas sólo en términos de finalidades, que pueden entenderse como una larga confusión sobre el asunto de la forma: Valéry transita entre forma y fondo como mismo ente indiscernible de lo poético; para Mallarmé la dicotomía es inexistente, nombres de una misma cosa que se expone a través de sí misma solamente, deítica, es decir, explicada sólo por sí misma; luego, inexplicable.

En el análisis de Jean-Michel Rey sobre la obra de Válery se acusa al filósofo de un error que sólo puede ser de óptica: no ver (o no querer ver, ceguera voluntaria) que la forma de su discurso constituye la expresión más evidente y propia de su contenido. Que la forma es lo contenido. Según Válery, el filósofo (Nietzsche, puntualmente, pero vale como para-deigma) se pierde en rodeos y definiciones intentando asir un ideal elusivo, una meta fantasmagórica, sin notar (sin volver el eje de su actividad sobre el hacer que está teniendo lugar mientras escribe) que en el modo del buscar ocurre la expresión de lo buscado. No otra forma del buscar adoptan los llamados “deconstruccionistas” franceses, como Derrida, ilegible sólo si se espera encontrar un sentido como donación, como decurso, como esa filosofía que te lleva de la manita por ríos de palabras que definen palabras que definen…; Baudrillard mismo confiesa que su escritora da rodeos, evade métodos convencionales para fundirse por excepción con su objeto: el discurso toma la forma de lo dicho: “para decir la simulación el discurso debe volverse simulación” (o algo así, cito de memoria).

En el trasfondo de su actividad, el filósofo no ejercita otro movimiento que el de versura, dynamo por excelencia de lo poético (en oposición –discutible– de provorsa, prosa, la dirección del sentido, por lo que versus sería la pura dirección, la impronta misma de movimiento). El versus que indica dirección, y como apunta Jakobson, retorno (sé que me leen puros genios de la poesía que ya sabrán esto, pero cabe recordar que ese retorno nace para el lenguaje de la vuelta que realiza un arado en el surco, metáfora agropecuaria que no da pocos frutos), caracterización al fin de los movimientos del hacer siguiendo las huellas de lo hecho, re-comenzando continuamente, re-plegándose: acción del poetizar que es acción del pensamiento en su huella más palpable, la de ser objeto en marcha, en acción, trabajo.

A partir de Platón el poeta es visto por la filosofía como aquel que se entretiene en los aspectos exteriores de las cosas (las mentadas apariencias –aunque Heidegger retoma el término para depurar sus múltiples acepciones, quisiera retomar eso luego), negándose así la posibilidad del ser –y peligroso porque en ese malentendido fundamental les niega a los que lo escuchan la posibilidad del ser igualmente, lo que basta para su pronto exilio del país del pensamiento en “La República” en calidad nada menos que de apestados, terroristas. La precaución platónica no es excesiva: la salvación en términos cristianos aún no se ha inventado, así que el hombre debía trascenderse por sus propios medios (y baste la esquematización precedente como pura ilustración del contexto; evidentemente la preocupación de Platón es mayor, rastreable incluso hacia la venganza: uno de los acusadores de Sócrates era al parecer, poeta, no malo). Así, el filósofo se consigna a una como voluntad mesiánica: ganar el ser para sí y, en el mismo movimiento, dar la vía para que la humanidad pueda hallarlo. Pero si el poeta parece perderse en la pura apariencia elusiva de las formas, es en este mismo perderse que muestrael movimiento del buscar, no explicando el hallazgo sino re-haciendo el camino (el proceso) necesario para que el hallazgo ocurra. Es decir, el filósofo opera con las palabras para dotarlas de sentido; sentido que sobre todo en la poesía moderna, el poeta obvia, para operar a su vez en el movimiento de las palabras mismas, en su ocurrir, en la pura forma (y reestableciendo el sentido primigenio, así, para la tribu, como apuntaba Mallarmé). Si el poeta no transmite directamente un contenido es porque intuye lo que el filósofo ignora: que la verdad como ente es intransmisible. La verdad se contempla sólo por refracción (como el cielo azul intocable, y en ese sentido, aparente) en la “cosidad” (Heidegger), es decir, en el propio evidenciarse (que en el sentido que Heidegger le da a la “apariencia”, sería el de aparecer-ante, el de exponerse) de las cosas. El poeta, entonces, al señalar las “apariencias” está señalando vías posiblesde acceso al verum, a la verdad, sin pretender dotar a la verdad de una forma reconocible: transmisible acaso por familiar o por eficacia explicativa. El hacer del poeta será así indiscernible de una ética: no puede transmitir lo intransmisible, y ante esta imposibilidad (feliz fracaso) su hacer consistirá en mostrar la experiencia de la verdad, en re-producir los efectos de la verdad a través de la forma en que aparecen en su hacer. El fracaso del filósofo será pretender pensar la cosa en su ser-sí-mismo (fracaso divertido, si cabe, pero igual fracaso que, aunado al del poeta, niega el triunfo romántico de la palabra sobre las cosas).

Lezama llega a este mismo choro al afirmar que sólo lo difícil es estimulante. Si uno busca “la verdad” en Dador o Paradiso probablemente acabe cometiendo seppuku intelectual. Si se acusa dificultad en Lezama (y en general, creo, este es un reproche recurrente sobre la “institución” Poesía) es porque no está dispuesto a entregar los dones que ha ido acumulando sin que el que los busca, los merezca. El merecimiento es efecto de la búsqueda, lo que no implica que por el sólo buscar uno acabe mereciendo, encontrando. Pero el hallazgo justifica todo esfuerzo (y tal es en verdad lo inefable del asombro en poesía). Lo mismo vale para el Cementerio marino de Valéry. Pero el genio de Lezama estribó en mostrar el aspecto “experiencial” que se apuntó anteriormente: al emprender la escritura de un proyecto poético total, a saber, decir el mundo, no hace otra cosa que proponer la verdad como experiencia suceptible de descubrirse sólo a fuerza de andar el camino propuesto, el de la dificultad; experiencia de posibilidad válida en el proceso de acción y recepción poética, versus. Esta dialéctica del dar y recibir es especialmente cara a Valéry (Rey): el poema no es sino los efectos que logra, y que lo conforman. Valéry mismo en “Poesía y pensamiento abstracto” desmantela la escisión histórica entre lirismo y lógica proponiéndolas como un mismo movimiento complementario (si bien, diferente en su aspecto modal) para decir lo real, en tanto que tomemos este decir como la pretensión última de filósofos y poetas; sus respectivos trabajos no serían sino búsqueda de medios para explicarse esto, lo real.  Lapida, así, Valéry, esta necesidad de expresar el objeto en sus propios términos, de los filósofos: “Quería mostrar[les, a los filósofos] que les sería infinitamente provechoso practicar esta laboriosa poesía que conduce insensiblemente a estudiar las combinaciones de palabras, no tanto por la conformidad de los significados de esas agrupaciones con una idea o pensamiento que uno se considera en la necesidad de expresar, sino, por el contrario, por sus efectos una vez formados, entre los que uno escoge” (de Jean-Michel Rey, Paul Valéry, la aventura de una obra, Siglo XXI, p. 109, a su vez tomado de Ouvres I, p. 1451)

Elección que es elaboración, filósofo y poeta (esos entes abstractos que encarnan en la gente menos confiable del mundo, en especial los últimos –en eso damos razón a Platón) abrevan del mismo poiesis en su acción positiva, en su hacer que es generar a partir de nada. El poeta, sumariamente, haría que algo fuera; mientras el filósofo buscaría explicarse el ser del algo. Filosofía y poesía se confiesan proceso: formas siempre parciales, fugaces, gerundias, del hacer.

* Imagen: Paul Valéry en w3.papelenblanco.com

Una respuesta para “Variaciones del hacer”

  1. miriadas Dice:

    El hacer poesía, sin un fin que lo justifique, hacer poesía por hacer, como respirar o morir, no tiene explicación posible, y en el caso de los grandes poetas no necesita explicación, es.
    Muy interesante tu blog, aunque para mi sea complejo, te visitaré.

    Saludos
    Flora

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