47. La manía de escribir es latencia; pero la escritura sólo puede darse en gerundio, definirse por la evidencia de su movimiento. No otra cosa es escribir que estar escribiendo. Idea cara a Valéry, el autor es una noción ficticia (un “mito obligado”, como lo llama Jean-Michel Rey en un ensayo del mismo título alrededor de la obra valeriana) dado que se define como tal, siempre a posteriori, a uno que ha escrito.
La contracara de la escritura como noción positiva no es el silencio –eso que amenaza continuamente con sacar al escritor de su función, de su estar en el mundo– sino lo no escrito que se reconoce en el tiempo ya no como latencia o incapacidad del escritor para abordarlo: imposibilidad absoluta, por innecesaria, de transmitir un contenido que no precisa transmisión; un contenido que permanece conformando el ser del escritor, acaso como el molde convexo de donde ha salido lo que algún momento advirtió como obra, lo inefable ejerciendo su total significado.
La Gran-Obra sería, así, el estado de disponibilidad del escritor para fijar en obras, arbitrariamente, aquello que ha requerido ser nombrado no mediante reflexión o programa, sino en el mismo movimiento escritural. No de otra manera la insoluble cuestión de forma y contenido se conducen mutuamente. Recordar que ante esto, Valéry ha dicho que un poema no se termina, se abandona.
98. Paul Valéry (Sète, 1871) pareciera ejercer la reflexión de una manera tan concisa que podría decirse que sus ensayos son compilados de epígrafes, reunión de ideas que son gérmenes, abrevaderos de lo que aún no es.
24. Una joyita encontrada en la venta de saldos del Auditorio Nacional: “Lo creativo”, del discreto beat Robert Creeley (Arlington, 1926).
Alguien sabio (no se me pregunte el nombre, Toynbee, Confucio, mi abuelita Esther…) dijo que la historia sólo se aprende y se transmite como biografía (añadamos al margen que la historia, perdón, la Historia, pareciera ser la suma de grandes biografías, o de discretas autobiografías que aportan su durmiente al tiempo); esto se verifica en la revisión de Creeley de los años en el Frisco real y ficticio alternativamente de Jack Kerouac, así como en la breve pero fructífera labor editorial realizada al lado de Allen Ginsberg en el Black Mountain College. Tuvo pues, la ¿fortuna? de ver atravesada su historia personal con el periodo acaso más vivo del arte estadounidense; de otra manera: Creeley es un satélite del arte gringo del siglo xx. Cercano a las luminarias beat de exportación, interlocutor epistolar de Pound, testigo activo de Polock y de De Kooning, deudor confeso de Williams, su escritura evidencia el caracter paralizador de términos como arte, influencia, poema, a través del ejercicio de una memoria audaz, sabia y competente, hablando desde lo evidente que escapa a los ojos, como decía Nietzsche sobre esos brillos que conforman las verdaderas obras (luego pondré algo sobre el esquivo verum que nomás no me termina de convencer de que existe –esquivo yeti filosófico).
Su trabajo poético es de una factura incontestable (wow, qué pomposo esto para un poeta no simple: sencillo), que muestra sin pudor las enseñanzas de Williams y Pound –nótese el ritmo conversacional, narrativo, empero los cortes versales que hacen más evidente la densidad, la sorpresa de la significación contenida en unas pocas palabras apiladas:
For love—I would
split open your head and put
a candle in
behind the eyes.
Love is dead in us
if we forget
the virtues of an amulet
and quick surprise.
Por amor—te
abriría la cabeza y pondría
una vela en
medio de tus ojos.
si olvidamos
(“For love“, de Warning, –la deficiente e improvisada traducción es mía; algunos poemas más pueden encontrarse aquí)
Egoístamente lamentar su fallecimiento en 2005, mucho más que la de gente que conozco de oídas (como mi abuelita Esther…)
26. Difícil aportar una nueva lectura sobre algo más que convenido: que Nietzsche era un moralista hijo de puta, profeta de una raza de supermanes y teórico involuntario del nazismo.
De una manera más que elegante, Peter Sloterdjik (Karlsruhe, 1947) consigue sugerir una lectura más aguda: si el profesor N. impreca contra las desviaciones de la burguesía y la pequeño-burguesía (como el crédito social conferido a la educación escolarizada y la religión organizada como base para una sociedad de esclavos que buscan “salvación” en vez de “vida espiritual”) es porque tiene una profunda (o por lo menos modesta, suficiente para llevarlo a escribir) esperanza en que tales desaciertos sólo pueden ser corregidos por la sociedad misma. Si les confronta el terrible espejo de sí mismos no será (solamente) para provocar o escandalizar, sino para propiciar una toma de conciencia sobre su actualidad, despojando al Estado (sumida en su ingenuo nacionalismo), a la Iglesia (sumisa en sus complejos de culpa), a la Academia misma (a las instituciones, vamos, que se escriben con mayúscula) de su papel intermediario entre el hombre y sus relaciones con el otro.
Si ya logró esto en las primeras páginas de su “Crítica a la razón cínica” (en hermosa pero incosteable edición de Siruela), me pregunto –no sin emoción franca– cuántas ideas anquilosadas habré de desechar en lo que sigue.
*Créditos: “Warning” tomado de la Poetry Foundation.
**Foto de Sloterjdijk: tomada de http://labola.wordpress.com

