Rubik, o la relación del diseño industrial húngaro y el zen

Junio 6, 2008

Recientemente me uní a la horda de millones de personas que año con año se meten en esta camisa de once varas del cubo Rubik. Al verme, mi querida tía Lola me pregunta: “¿por lo menos te darán un premio cuando lo resuelvas?” El siguiente post viene a ser una breve respuesta.

La utilidad de lo inútil

No atino a decir si Lao-tsé, Li Po o qué poeta chino afirmó, hará miles de años o más, la importancia suprema del universo de lo impráctico. La poesía japonesa da clara cuenta de la apreciación plena del instante por su rastro más tenue y casi imperceptible. Rimbaud: “fijo vértigos.” No otra cosa se propone el arte, ese caldo de cultivo de lo impráctico; entendamos impráctico como aquello que no asegura ni contribuye al fin natural de la especie humana: su preservación. Bien.

Decir que la resolución del mentado cubo Rubik es un arte equiparable a la danza, a la música, sería un desatino y una exageración; una pendejada, vamos. Pero ciertamente, para nosotros, humanos con C.I. modesto, sin extremas habilidades para resolver matrices de Leontief o ninguna otra matriz, no sea de los hermanos Wachowski, supone un reto importante. Así, en manada, no es tan interesante: ese nosotros aparente, sujeto colectivo indeterminado de resolvedores de Rubik’s (100 millones y contando…) se matiza en la experiencia. Mi experiencia es esta: Rubik es el infierno.

Lo bueno de pasar una temporada en el infierno es que, por lo menos, hay tiempo para meditar. Meditar por ejemplo que acaso sea más sencillo resolver el mentado cubo que escribir un soneto perfecto, con sus acentos muy bien puestos y sus rimas cuadraditas y bellas. Más fácil resolver el cubo que dejar un verso decente en el mundo. Además por los versos hay quien de repente paga, un tipo que compra tu plaqueta o libro, o el Estado que fomenta a través tuyo el desarrollo de la cultura y te patrocina (bueno, a mi no, pero dicen…); un Rubik resuelto vale menos que uno sin resolver: ya no tiene misterio.

Es la lección del arquero que, queriendo derribar la luna con sus flechas, se vuelve el mejor arquero del mundo. O algo así. Ustedes disculpen, que ando zen estos días. En fin, uno conoce sus límites en formas sencillas como esta. Así, el infierno del Rubik sería un espejo: no eres tú contra el cubo, sino tú contra tu frustración por no poder resolverlo. Para alguien con tan poca tolerancia a la frustración como yo, es, no digamos terapia, pero sí la constatación cotidiana de la propia nimiedad. No es el Ulises de Joyce, pero vamos, divierte. Da hasta para un pequeño post.

Se me ocurrió contestarle a mi tía con esto que parece un pequeño koan: si no puedo resolverlo, sabré que no puedo resolverlo.

Y tengo para mi que es suficiente.

Rubik 2/3 – Raya 1/3

 

Foto: http://www.tommcmahon.net/2008/04/most-efficient.html