Mi nombre es Javier Raya. Alguien me dijo una vez que no escribía tan mal, y estúpidamente lo creí.
Estoy publicado aquí y allá como todo el mundo, en revistas más bien pequeñas y en suplementos culturales de provincia que sirven, si acaso, para embarnecer las piñatas de fin de año o para rellenar botas en zapaterías. No tengo becas, ni premios, ni filiación (que yo sepa) con ninguna camarilla literaria mexicana, menos internacional (aunque no me queda claro que se dice con “camarilla literaria”, pero no vaya a ser…). Tengo cinco plaquetas de poesía, inéditas por impublicables, y aproximadamente doce y medio kilos de ensayos, que valen para un carajo.
No soy un resentido social ni un crítico del sistema. Más bien salgo poco.
¿Otro blog?
El blog viene a ser como la bitácora del día a día. Pero esto no es wikipedia, así que ahí muere con la definición. La implicación en cambio, de la existencia de una red de blogs, la famosa blogósfera, es la materialización malévola de esa predicción de Harold Bloom contenida en “El futuro de la imaginación” (Anagrama, Col. Argumentos, 2002), donde, a partir de nuestros días y gracias a la disponibilidad de los medios electrónicos (por lo menos en los países donde hay alguna población que no se muere de hambre), siguiendo una consigna democrática deleznable de más en vez de mejor, la gente se pone a publicar más que a escribir, excediendo la capacidad lectora de cualquier ser humano que destina, si acaso, una cantidad harto pequeña de tiempo para la lectura. Lo malévolo de esta materialización viene porque ahora cualquier alfabeta (i.e. hijo de vecino que aprendió -mal- a leer y a escribir) se siente escritor y cuelga pendejadas e imprecaciones en la web, como un náufrago sintiendo que alguien lo escucha mentarle la madre a dios mientras se hunde en la tormenta.
Esto no está bien ni mal. Está simultáneamente: la idea es atractiva porque, en el mejor de los casos, nos hacemos un favor a nosotros mismos al escribir en vez de, por ejemplo, dedicarnos a la administración de empresas o al bombardeo de poblaciones civiles. Negativa porque el alfabeta-blogger tiende a creer que tiene algo que decir, y aunque su decir tuviera gracia o fuera de suma importancia, la cantidad brutal de información disponible relega su discurso, si acaso, a la sección más inferior de la prioridad lectora de los ya de por sí reducidos lectores.
Si el blog es de poesía, la cosa empeora.
Razones para no escribir
Impera sin embargo una razón de resistencia. Romántica y todo, alguien escribe para alguien y hay un círculo que se cierra. Leer y escribir son dos formas de decir conversación. Y uno se siente menos solo ante la posibilidad de que alguien participe de su extravío. Se me ocurre que la escritura es un buen sustituto para la oración (conversación con dios) en un tiempo sin dioses, donde lo único que más o menos da esperanza es el encuentro afortunado con el Otro.
Pero este encuentro puede darse igualmente teniendo sexo o jugando videojuegos. Empero, con todas las razones para no escribir sobre la mesa, uno comete la soberana estupidez de seguir escribiendo.
Imagen: http://www.agirregabiria.net/mikel/2004/escribires.htm


Abril 8, 2008 a las 12:31 am |
Gracias por visitar mi blog y gracias por tus comentarios.
Un abrazo
Mayo 12, 2008 a las 3:52 am |
[...] para compartir algo, tal vez como recurso de autopromoción, tal vez para reafirmar una forma de necedad, tal vez para perseverar en un viejo concepto de hospitalidad entendido como la mayor fraternidad [...]