La fiesta

Abril 21, 2008

Las fiestas son todavía islas de esperanza para la especie. Ahí está lo humano, no se le busque más. Después de los siete cartones de frías para el Pinche Nico, la gente que veías de repente se vuelve tu amigo, tu hermano desconocido (a huevo había que sacar a relucir el alcoholismo que nos da renombre internacional, pero bueno). A mi parecer no hay hipocresía en que pase esto. El alcohol lo vuelve a uno más sociable, o como quería Groucho Marx, hace a los demás interesantes… Como sea, para mi con tanta ínfula de escritor frustrado, los cuates son zapatos de cemento para la reconciliación con el mundo, la amistad como método para reconocerse en el reflejo del otro (¿Lacan?). Pero uno quiere hacer una breve nota sobre la amistad y acaba echando verborrea sobre el manido asunto de la otredad. Chale.

Si el infierno son los otros como quiere Sartre, también los otros te salvan de la chaqueta mental (de la angustia, vamos), te vuelven al aprecio y uno comparte, termina compartiendo lo que sea, las bachitas, la última chela caliente… a fin de cuentas de eso se trata. La cuestión generacional ya es otra muy cosa; agradezco que la mayoría de mis amigos se estén quedando calvos (evidencia de alguna sabiduría, alguna) y que las amigas resbalen hermosamente hacia el misterio de los veintimás sin fruición. Ya me puse meloso otra vez. Chale.


Sobre “Cuarteto de cuerdas…”, un poema de Raúl Cordero

Abril 21, 2008

Definir este poema es limitarlo. Su acción es expansiva como una bomba de significados, pero su acercamiento formal es tan claro, a mi parecer, que dejar de lado su evidente intención participativa sería limitarlo igualmente. Doble disyuntiva: o nos entregamos a la imaginación para obviar la sugerencia intelectual; o lo destazamos con el pensamiento en detrimento de su belleza. Puesto así, una lectura que haga honor a “Cuarteto de cuerdas ‘Sonata en re menor’” descansa en la comunión de sus perspectivas.

El poema está disponible acá.

Bien. Asistimos a la conversación de las cosas. Cuando oímos música también la leemos a cierto nivel, que para nosotros, mortales, no es sino el de los sentidos y para los más versados, de la razón. Dos formas de goce que no se excluyen. ¿Pero qué se dicen en sí los instrumentos? ¿Se leen entre ellos, por decirlo así? ¿Podrían? Una obra musical, parece decir el español Raúl Cordero (Madrid, 1981), para los instrumentos convocados, no es sino una conversación íntima y en el caso del poema que nos atañe, un movimiento entre la alegría solar del violín y la nostalgia plutónica del chelo. Las entradas de éste último, marcadas por versos largos y contemplativos, (¿no dice Valéry que una nota del chelo, en el recinto antes bullicioso y frío, convierte el espacio en templo, en lugar propicio para lo sagrado?), que, al igual que en las apariciones de los otros concurrentes, enfatizan a través de los recursos del poeta su diferenciación instrumental en cuanto a atributos tímbricos, que se traducen en las relaciones sonoras que guardan entre ellos, apreciables en el juego formal de las coincidencias posibles entre el sonido puro, abstracto, del instrumento, y su correlato verbal en el poema. Así, el poeta no representa la realidad, la presenta (Machado, Paz).

El poeta asiste a la conversación del cuarteto de cuerdas, evidenciando el oculto parlamento que los atañe. Pero sabiamente se aleja de las reducciones y personificaciones caricaturescas. El yo del poeta no interrumpe la fiesta de los objetos: es su testigo.

Pero en este juego aparece la duda de la gratuidad del título. “Cuarteto de cuerdas” es una reducción descriptiva de lo que ocurre, aunque también sirve para dar cuenta del espacio imaginario que se pretende abordar. “Sonata en re menor” dice poco igualmente, a nivel de lectura. Sonata entendida como una pieza breve puede participar sin mayor violencia del poema, darnos entrada a lo que se presenta. Pero disponer una tonalidad a un poema es un procedimiento extraño, un juego no peligroso, sino intrascendente a nivel significativo. Lo mismo daría que estuviera en otra clave. La salvedad podría obviarse si se nos remitiera a una sonata en re menor por un cuarteto de cuerdas de algún compositor en específico (¿Scarlatti, Schubert, Beethoven?), con el riesgo de remitir la obra a referentes tan específicos que el poema constituyera más bien extensión de otra obra, que valor como tal.

Para terminar en el mismo tenor emocionado del inicio, el poema de Cordero me trae a la mente un juego de espejos metafísicos, que dan cuerda (literalmente) a las palabras de Rimbaud –no cito, aclaro, pero más o menos decía: “[el poeta] da posibilidades para que las cosas que no son, sean”.

Imagen: Web oficial de la orquesta de pulso y púa, Tudela de Duero.


Responso del desierto

Abril 15, 2008

a Edmond Jabès, in memoriam

1.

Memoria es el lugar del alma para nuestros muertos.
Cementerio volador circundado de carencia,
de lo visible a lo invisible,
al otro lado de lo que se mira
(máscara, aún, de lo transparente),
cargando con los huesos más queridos.

Incluso de ti hermosa, de la efigie de tus huesos,
de la luz sobre tu polvo,
llevo ya poblado el orbe de lo que miro.

2.

Cercenado confín de lo visible,
llevamos ya la apertura de nuestro costado inolvidable,
nuestro hueso de morir nos lo recuerda,
nuestra lápida en los ojos consigna el tiempo,
igualmente algunos nombres.
Olvido es la llave que perdemos al escribir;
no olvidar, para eso se escribe, con poca luz
y voz menguada, para ir
de la carencia a lo visible. Para no olvidar tu rostro.

3.

Todo lo que vemos está preñado de muerte.
La sola sílaba de la luz ahora,
que recoge lo añejo del polvo,
el tamiz, incluso, del viento,
la presencia de la fauna del letargo,
dicen la palabra muerte.

Nacer en la muerte es volver a la transparencia;
volvernos despojos e irnos de lo mirado.

4.

Hay agua para estarnos visibles,
y hay agua para estarnos muriendo.
Agua que nos devuelve del olvido,
la que pesa debajo de las fuentes donde te bañabas
hace mil cuatrocientos cincuenta y tres años, por más señas,
esa que desemboca donde el barquero abre la boca;
agua de olvidar, de volver al olvido,
devolver la memoria a su carencia
(los ojos de los muertos son un jardín
donde cabe el mar),
a su desconfianza de la luz,
al empleo obstinado que hacemos de lo visible
para entender en su tangencia
lo que simplemente

5.

No estamos.
Pero siempre vivimos adentro, en el afuera
de estas cosas:
toda la vida, toda la esperanza de la vida
se recluye en la mirada
y en su acontecimiento.
Caballo muerto en la carretera de la muerte,
desierto, pestilencia,
desierto:
el olvido es el dónde del desierto,
sólo allí cabe su extensión ––ballena––,
para la memoria del ojo,
incluso donde las arenas encauzan su vocación
de ceniza,
de río sordo ––paciencia de estrella––,
cabe todo el hueco de lo invisible
para confesar un poco tu rostro.
Allí donde volveremos a vernos
caben nuestros ojos
y lo que hemos visto de inolvidable.

6.

Pendiente queda el sueño,
de la cuerda que nos interroga desde el cadalso.
Pendiente la axiología, demiúrgico empeño
de esta especie que poblaría galaxias con su vanidad.
Pendiente el misterio,
porque no nos es dado conocer su territorio.
Pero con lo que hay de tuyo sobra y basta.


A la muerte de una ratona

Abril 15, 2008

Mi ratona Parménides acaba de morir. Nunca se había muerto una mascota mía, siempre se “perdían misteriosamente”, esas cosas que les dicen los adultos a los niños para que eviten hacer preguntas sobre la muerte. Dice Montaigne que no hay hombre tan viejo que no crea tener otros 20 años en el cuerpo. Parménides superó el promedio de vida de ratones árabes, pero de todas formas le llegó la hora suprema, y la extrañaré. Espero que haya sido feliz. Sniff.


Mito del cuerpo y cuento de Chuck Pahlaniuk (2×1)

Abril 9, 2008

Hablaba hace rato con A, la novia del Pinche Nico, acerca de la relación de lo gore con lo cómico en algunas películas de Tarantino. Sobre todo en lo último, que ya no sabes si es película o se está burlando de sí mismo, pero sigue siendo genial.

Pensaba que hay una conexión entre el cine de Tarantino y específicamente Fight Club (David Fincher, 1999) a nivel de discurso; como una revaloración de la cotidianidad, de la cultura popular, anteriormente negada como leimotiv estético por los grandes (por viejos) poetas. Neruda tiene un verso sobre la Coca-Cola, por ahí hay más ejemplos. Pero este es otro tema. Es tarde y sólo quería recomendarle a mis cuatro fieles lectores este cuento de Chuck Palahniuk, el autor de Fight Club, “Tripas” (Guts).

Sin más, la leyenda cuenta que en cada lectura pública de “Tripas”, alguien vomita. Yo no vomité, me reí mucho. ¿Eso me hace una mala persona? No recuerdo ninguna obra que tuviera un efecto fisiológico directo en el receptor. ¿Alguien tiene algún ejemplo? ¿Un cuadro que te hiciera mearte en plena galería? ¿Un poema con el que te explotara el páncreas?

Me pasó como lo que le decía a A sobre Tarantino, parece que la violencia en el arte y fuera de él nos ha hecho incapaces de sentir verdadera compasión, verdadera simpatía (en el sentido de participación de-) para con el sufrimiento ajeno; se diría que la violencia vista como entretenimiento o forma de arte ha roto el viejo tabú del cuerpo como unidad. El arte violenta el cuerpo y nos lo expone como inmediatez inaceptable. Tan, tan medieval. Pienso en “Para acabar con el juicio de Dios” de Artaud. Violencia del arte que nos expone al cuerpo como siempre lo hemos visto y no nos atrevíamos a confesar: como la suma de sus partes, no como una continuidad material. Es decir, hay partes del cuerpo que estamos dispuestos a tolerar, pero hay otras que negamos participación, incluso nombre. Esto da para otro post, mejor lean el cuento.

Ya no entendí, ¿viva el desmembramiento?

“Tripas” de Chuck Palahniuk en Página /12.


Sean Lennon- Friendly Fire

Abril 8, 2008

Friendly Fire (Capitol, 2006)es de esos materiales tan poco comunes que te hacen querer comprar el disco original. Supongo que la carga genética de su artífice sería suficiente para provocarle traumas infantiles a cualquiera. Si tu papá es dios padre y tu mamá una Morgana japonesa, tú sólo puedes ser una especie de semi-dios crístico. En vez de preocuparse por esto, Lennon se dedica a hacer música brillante y desenfadada. Esta rolita se llama “Parachute”.


Compartir el Nirvana

Abril 8, 2008

Sólo quería reunirme con los cuates a poner unos discos, algunas chelas, sacar las guitarras por aquello de que se cumplen no se cuántos años de Cobain, “sit and drink, Pennyroyal Teeeeeeeaaa…“, etc. Era toda mi idea de un sábado y en cambio hice este post, por ausencia de quórum al jam (dios, cuánto lenguaje foráneo…).

¿Pero tendría que haber fiesta por un aniversario luctuoso? Está bien que parte de la imagen exportable del mexicano es la de bebedor impulsivo, pero esto me parece demasiado…

Con todo, me llega una sensación incómoda al pensar en Cobain. Como si nunca hubiera sido suficientemente fan y sólo los realmente fans tuvieran ¿derecho? a decidir si su muerte es celebrable o no. Fans: qué palabra molesta. Y a mi Nirvana y todo eso me llegó mucho después, como si llegara a la fiesta cuando todos se despedían. Eso.

Es una muerte celebrable porque inaugura para la generación anterior a la mía un precedente mítico, ausente desde los 70: el héroe enfrentado a su destino último, divino. Trágico en el sentido griego, perros: algo a lo que no se puede escapar, porque viene directamente de los dioses. O, el tipo se pinchó demasiada heroína, que viene a ser lo de menos. Los hechos poco importan en este caso, sólo las consecuencias. Gente de mi generación, que tenía tres o cuatro años cuando salió Bleach (Geffen, 1989), se desgarraba las vestiduras cada cinco de abril, haciendo el ritual de chutarnos toooodo el Unplugged in New York (MTV, 1994) mientras alternadamente dejábamos cigarrillos de pie, consumiéndose a solas, imaginando que un fantasma pudiera fumarlos. Cursi, pero cierto. Y en ese momento tenía sentido.

Lo no celebrable de la muerte de Cobain es el hecho de que, como a otros genios musicales absorbidos por la cultura pop cuando tienen la terrible suerte de ser un éxito mediático, la muerte va teñida de cierto aire liberador, de una condición emergente y casi necesaria por la incapacidad de ser reconocidos como iguales por aquellos que los idolatran. No es descabellado pensar que el mentado fan deshumaniza poco a poco al músico hasta quitarle toda contextura humana, hasta imponerles condiciones divinas para las cuales nadie puede prepararse. En un buen caso el músico lo acepta de buena gana, hace lo suyo y no se toma muy en serio el circo (Bob Dylan). En otros el músico comienza a creer la suma de las imposibilidades que se le adjudican. Superpoderes, diríase. Y si el tipo ya estaba algo dañado por la vida misma, por las drogas, por una mujer a quien tendría algo que perdonarle, la cosa se jode por sí misma (Morrison, Rothko, Hendrix no cuenta porque no quería suicidarse, sólo tuvo mala suerte).

Afinidades viles

A veces la música, los libros, cuando comienzan a tomar una popularidad de alcance épico, parecen ir acompañados de una disminución en el encanto primero de sus efectos. Dejan de gustarnos un poco porque gente, en apariencia ajena a nosotros, comienza a aficionarse por lo mismo. El último caso de esto en la música, para mi, fue The Mars Volta. Otros: Muse, NIN… Porque hay cierto capital de placer en el hecho de que el arte nos sea dado como descubrimiento personal, del que acaso participemos a nuestros más cercanos amigos. Pero cuando se masifica algo que se cree “privado”, hay como una ruptura en la concordia con la obra, la escuchamos con recelo, con sospecha. Y seguimos oyéndola, nos sigue gustando. Pero tememos acaso reconocernos en el desagradable Otro usurpador. Y eso pesa.

Esto con Nirvana se hizo muy evidente. Tengo en la mente compañeras que pasaban de escuchar el top 40 del radio a declararse incondicionales de Nirvana o de los Smashing Pumpkins. ¿No debería haber algún examen de conciencia antes de ser oficialmente escucha de las buenas bandas? Por desgracia y por fortuna, no. Porque el arte ocurre así, inmediatamente, cuando ocurre. Con pocos intermediarios realmente. No ocurre, por ejemplo, en la música culta. Hay tan poca gente que está cercana a ella que es más bien un hallazgo afortunado el compartirla, no una incomodidad.

Creo que el problema, si podemos hablar de problema, es que no estamos preparados como especie para compartir. En todo caso yo también usurpo el derecho de escuchar una banda cuyo pilar murió cuando yo estaba en la primaria. Me huele a socialismo esto, a todo es de todos. En fin, para poner el ejemplo no le negaré a nadie mi Incesticide (DGC, 1992) nunca más.

Imagen: Público.es


La impertinencia de escribir

Abril 5, 2008

Mi nombre es Javier Raya. Alguien me dijo una vez que no escribía tan mal, y estúpidamente lo creí.

Estoy publicado aquí y allá como todo el mundo, en revistas más bien pequeñas y en suplementos culturales de provincia que sirven, si acaso, para embarnecer las piñatas de fin de año o para rellenar botas en zapaterías. No tengo becas, ni premios, ni filiación (que yo sepa) con ninguna camarilla literaria mexicana, menos internacional (aunque no me queda claro que se dice con “camarilla literaria”, pero no vaya a ser…). Tengo cinco plaquetas de poesía, inéditas por impublicables, y aproximadamente doce y medio kilos de ensayos, que valen para un carajo.

No soy un resentido social ni un crítico del sistema. Más bien salgo poco.

¿Otro blog?

El blog viene a ser como la bitácora del día a día. Pero esto no es wikipedia, así que ahí muere con la definición. La implicación en cambio, de la existencia de una red de blogs, la famosa blogósfera, es la materialización malévola de esa predicción de Harold Bloom contenida en “El futuro de la imaginación” (Anagrama, Col. Argumentos, 2002), donde, a partir de nuestros días y gracias a la disponibilidad de los medios electrónicos (por lo menos en los países donde hay alguna población que no se muere de hambre), siguiendo una consigna democrática deleznable de más en vez de mejor, la gente se pone a publicar más que a escribir, excediendo la capacidad lectora de cualquier ser humano que destina, si acaso, una cantidad harto pequeña de tiempo para la lectura. Lo malévolo de esta materialización viene porque ahora cualquier alfabeta (i.e. hijo de vecino que aprendió -mal- a leer y a escribir) se siente escritor y cuelga pendejadas e imprecaciones en la web, como un náufrago sintiendo que alguien lo escucha mentarle la madre a dios mientras se hunde en la tormenta.

Esto no está bien ni mal. Está simultáneamente: la idea es atractiva porque, en el mejor de los casos, nos hacemos un favor a nosotros mismos al escribir en vez de, por ejemplo, dedicarnos a la administración de empresas o al bombardeo de poblaciones civiles. Negativa porque el alfabeta-blogger tiende a creer que tiene algo que decir, y aunque su decir tuviera gracia o fuera de suma importancia, la cantidad brutal de información disponible relega su discurso, si acaso, a la sección más inferior de la prioridad lectora de los ya de por sí reducidos lectores.

Si el blog es de poesía, la cosa empeora.

Razones para no escribir

Impera sin embargo una razón de resistencia. Romántica y todo, alguien escribe para alguien y hay un círculo que se cierra. Leer y escribir son dos formas de decir conversación. Y uno se siente menos solo ante la posibilidad de que alguien participe de su extravío. Se me ocurre que la escritura es un buen sustituto para la oración (conversación con dios) en un tiempo sin dioses, donde lo único que más o menos da esperanza es el encuentro afortunado con el Otro.

Pero este encuentro puede darse igualmente teniendo sexo o jugando videojuegos. Empero, con todas las razones para no escribir sobre la mesa, uno comete la soberana estupidez de seguir escribiendo.

Imagen: http://www.agirregabiria.net/mikel/2004/escribires.htm